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RESPUESTA DE ESTRÉS Y SALUD FÍSICA

Actualizado: 25 sept 2020


La respuesta de estrés es un mecanismo de supervivencia primitivo, herencia evolutiva de nuestros antepasados, que prepara el organismo para afrontar amenazas y cambios del entorno.

Esta respuesta, ha permanecido con nosotros por su valor adaptativo, cuando eramos alimento de depredadores teníamos que estar preparados para luchar o huir de forma inmediata, no había tiempo de pensar ante el peligro, era el momento de actuar, lo que requiere un aporte de energía extra, algo que se ve favorecido por la respuesta estrés.

Nuestro cerebro es el encargado de iniciar y controlar la respuesta de estrés, aunque hay que mencionar que nuestro cerebro no distingue un león real de uno imaginario, en consecuencia, lo que pensamos sobre lo que nos pasa genera o potencia la respuesta de estrés, la cual posee tres ejes de defensa que se activan en función de la intensidad, frecuencia y duración del estresor así como de los recursos que se perciban poseer para afrontar la situación, teniendo cada eje consecuencias diferentes sobre la salud.


De forma que nuestro cerebro cuando percibe una amenaza entra en fase de alarma o choque, activando el primer Eje de defensa, el neural (sistema nervioso autónomo en su rama simpática y sistema nervioso somático que controlan y regulan la respuesta visceral y muscular respectivamente), produciendo una serie de cambios como una descarga de adrenalina, aumenta la tensión muscular, se dilatan las pupilas, aumenta la vigilancia y la atención se centra en la amenaza, disminuye la actividad del sistema digestivo, se incrementa el metabolismo basal, la respiración se acelera, el corazón late más rápido y aumenta la presión arterial, así como la glucosa en sangre, sangre que se dirige a los músculos para proveer energía, lo que permite dar una respuesta de lucha/huida inmediata y vigorosa. La activación de este eje no es nocivo para la salud aunque puede generar contracturas musculares.

Como se puede apreciar, la respuesta de estrés es un mecanismo de supervivencia que nos prepara para hacer frente las demandas del entorno, no es nociva en sí misma, aunque pero si la respuesta de estrés es excesivamente frecuente, intensa o duradera puede tener consecuencias intensas o negativas como se verá.

En este sentido, cuando la situación estresante se mantiene más tiempo, se requiere que el organismo siga disponiendo de recursos para mantener la lucha o huida, por lo que nuestro cerebro entra en fase de resistencia activando el segundo Eje de defensa, el neuroendocrino, por el que se potencia la descarga de adrenalina de la fase de alarma anterior provocando la liberación de catecolaminas (más adrenalina y noradrenalina) al torrente sanguíneo por parte de la médula de las glándulas suprarrenales y cuyos efectos (aumento de la presión arterial, de la tasa cardíaca, de los ácidos grasos, triglicéridos y colesterol en sangre, e la secreción de opiáceos endógenos para paliar el dolor, disminución del riego sanguínea al sistema gastrointestinal, los riñones y la piel...) son similares a los del eje de defensa anterior, pero más lentos y duraderos, lo que mantiene los recursos para hacer frente a la situación. El mantenimiento de la activación de este eje de defensa se asocia principalmente a problemas caridovasculares (infarto de miocardio, angina de pecho, arritmias, hipertensión, accidentes cerebrovasculares...) dada la acción adrenérgica sobre el sistema cardiovascular, aunque también se pueden presentar alteraciones psicosomáticas (cefaleas, alteraciones gastrointestinales...).

Pero puede ocurrir que el problema se siga manteniendo a pesar de los esfuerzos invertidos por solucionarlo y percibir que no se puede hacer nada, ni luchar ni huir, entonces nuestro cerebro activa el tercer Eje de defensa, el endocrino, por el que, ademas de las catecolaminas, se liberan otras hormonas, como el cortisol una de las hormonas del estrés más importantes cuya función es mantener constante el nivel de glucosa en sangre, se puede decir que mientras la adrenalina aporta la energía de urgencia, el cortisol asegura la renovación de las reservas energéticas para seguir haciendo frente a la amenaza externa, pero alteran también la respuesta inmune, produciendo tanto hipoactivación del mismo con un descenso sanguíneo del recuento de las defensas al que se asocia un aumento de la susceptibilidad a la enfermedad en general, a infecciones, a la reactivación de virus latentes, o generando una hiperactivación el sistema inmune asociado a enfermedades autoinmunes como alergias... También se liberan mineralocorticoides (aldosterona y desoxicorticosterona), que facilitan la retención de sal por los riñones con la consecuente retención de líquido y un incremento de los depósitos de glucógeno en el hígado, así como se liberan vasopresina y oxitocina, que alteran el funcionamiento de los riñones con el consiguiente incremento en la retención de líquidos, pudiendo así colaborar en el desarrollo de la hipertensión. Igualmente se liberan al torrente sanguíneo hormonas del crecimiento, andrógenos, tiroxina, prolactina... que junto con las anteriores generan una tormenta hormonal en el torrente sanguíneo que cuando se mantiene, tiene efectos negativos como alteraciones del sueño, del apetito, fatiga, depresión, falta de interés, alteraciones de la memoria, dificultad en la toma de decisiones, disminución de la libido y deseo sexual, disfunción eréctil irregularidades en el ciclo menstrual, mareos, temblores, cefaleas, trastornos de ansiedad, dolor de vientre, diarrea, aumento del riesgo de desarrollar diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares (infarto de miocardio, angina de pecho, arritmias, hipertensión, accidentes cerebrovasculares...), úlceras gastrointestinales o infecciones.


Como se ha comentado, nuestro cerebro es el encargado de activar la respuesta de estrés pero éste no distingue un león real de uno imaginario y tiende a interpretar y dar sentido a las situaciones según su experiencia previa, así por ejemplo, la pérdida de empleo para unos puede ser interpretado como una oportunidad y para otros como una catástrofe en función de los recursos que perciba poseer para hacerlo frente, dando lugar a una respuesta de estrés de mayor intensidad en el último caso, por lo que no es solo la situación en sí misma la que desencadena el estrés, lo que pensamos sobre lo que nos ocurre puede generar o potenciar dicha respuesta. En este punto huelga resaltar la importancia del manejo del estrés para prevenir problemas de salud, limitando el disparo de la respuesta del eje III, la más añina y recuperar del disparo del Eje II evitando la sobrecarga del sistema cardiovascular.

El eje III se dispara ante el estrés mantenido y cuando no se percibe que se pueda luchar o huir, algo que suele ocurrir cuando tratamos de controlar lo que no está bajo nuestro control desgastándonos en una lucha con poco resultado favoreciendo la activación del Eje III. Hay que recordar que tenemos control sobre cómo nosotros actuamos y reaccionamos ante lo que percibimos y sentimos y nos ocurre, pero no tenemos control sobre la muerte, enfermedad, sobre cómo otros actúan o piensan, sobre los accidentes... por lo que aceptar la situación, que no es resignarse, sino centrarse en lo que se puede hacer y no quedarse anclado en el problema, aunque el problema nos pueda dificultar ver lo que se puede hacer para adaptarse a la nueva situación sin juzgarla ni juzgarnos, ésto nos permite disminuir el disparo del Eje III e impedir que se mantenga por mucho tiempo el disparo del Eje II.

LAS HABILIDADES PARA EL MANEJO DEL ESTRÉS ES LA MEJOR VACUNA PARA PRESERVAR NUESTRA SALUD FÍSICA Y MENTAL.

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